La mano negra en el Convento de San Agustín
Así pasó. El sabio de cabeza encanecida por los años, los estudios y las vigilias, continuó con su lectura, sólo que este vez tenía por compañía dos manos negras cuyos brazos eran invisibles, una deteniendo la vela y la otra procurando que la luz no lastimara la lectura del padre Marocho. Y así, vino la madrugada… y como ya no era necesaria la luz de la vela, exclamó el padre Marocho: “-Pues bueno. Apague usted la vela y retírese. Si necesito de nuevo sus servicios, yo le llamaré.”
Mientras el padre bostezaba, restregándose los ojos, se oyó un ruido sordo de alas detrás de su cabeza, lo cual no perturbo ni su bostezo ni su mente. La celda del padre Marocho se ubicaba en el pasillo que va de oriente a poniente iluminado en el centro por una cúpula. La celda era la última del poniente a mano izquierda con su ventana para la huerta del convento. Desde allí, como en un observatorio, contemplaba aquel artista un espléndido panorama. Las desiguales azoteas de las casas de aquel barrio, la loma de Santa María y el cerro azul de las Animas, sirviendo de fondo al paisaje.
A estas alturas ya existía una comunicación establecida entre el Padre Marocho y esas manos negras cuyos brazos desaparecían en la oscuridad de la noche. Así como lo ayudaban a sostener las velas durante las lecturas nocturnas del mismo modo le acercaba los pinceles con los que hacía sus paisajes sobre tela.
Un noche, víspera de su partida del convento al ir el padre Marocho a recogerse, vio en cierto lugar de la celda la misma mano negra que apuntaba fijamente. El no hizo caso, porque ni tenía ni podía tener hambre de tesoros. Cerró sus ojos y se durmió. Después de muchos, años, un pobre, habitando la misma celda sabiendo esta leyenda que había visto en los papeles viejos del convento cuando era novicio de la orden de San Agustín; se halló un tesoro en el mismo lugar apuntado por la mano negra.

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